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miércoles, 30 de noviembre de 2011

MUSAE


    Según la tradición griega más antigua, las musas eran nueve divinidades que alegraban con sus cantos a los dioses olímpicos en sus moradas celestiales. Nacieron después de las nueve noches de amor en el monte Olimpo de Zeus y la titánide Mnemosine, la personificación de la memoria, hija de Urano y  Gea.
Se creía que tanto filósofos como poetas obtenían la inspiración de las propias Musas, a las que invocaban al comienzo de sus obras.
¿a qué Musa invocarías tú si quisieras escribir una carta de amor, componer una canción o aprobar el examen de Historia?
Anímate a conocerlas un poco mejor, ¡puedes necesitar sus sevicios!. Pincha aquí y encontrás las cuestiones que deberás investigar para conocer mejor la historia de las nueve hermanas que acompañaban a Apolo y moraban en el Helicón.


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domingo, 6 de noviembre de 2011

 ODA A LOS PERROS DE ATENAS
 (de Los archivos griegos de Blanca Andreu)

Montes en luz, Atenas, hija de la belleza primera
la descubrí en mis recuerdos aunque nunca había estado alli
desde lejos, con amour de loin, había saboreado su nombre
hija de la primera belleza que tiene el grado de justicia.

Descubrí los caballos de piedra en los templos deteriorados
descubrí una taberna de oro dentro de una calle de plata
descubrí los perros de mármol que se han bajado de los frisos
y se reúnen por la noche en cónclave
y muestran su estirpe socrática filosofando en las esquinas.

Los he visto citarse en semáforos
quedar en las encrucijadas
parecen gente civilizada que acude al ágora y se atiene
a lo que dictan los tribunales
aunque vayan a cuatro patas.

Una vieja leyenda sostiene que son ellos los dioses antiguos
que se negaron a partir de Grecia
cuando fueron vencidos antaño
que el luminoso Zeus Olímpico y la justa Atenea alada
prefirieron ser perros atenienses
antes que dioses bárbaros
bebedores de sangre.

Esa vieja leyenda se cuenta mezclada con ouzo y con luna
así que cuando me alejaba de Kiri Dimitrios y vi
entre las callejuelas de Plaka en aquella noche estrellada
acercarse aquel perro blanco esbelto como una gacela
y majestuoso como la Acrópolis
me atreví a tocar su cabeza y a susurrarle por si acaso:
–Salve, Señor del Canto, tú que llegas semejante a la noche.
Sólo una cosa de ti pido:
Que sea alado mi poema
y no volátil.